Por JUAN GOSSAIN
Tomado del periódico Ciudad Viva
El emperador Napoleón Bonaparte, que era tan agudo observador como magnífico militar, solía decir en su amargo destierro de Santa Elena que lo único malo de la historia es que siempre la escriben los vencedores.
Hablando acá, en la cocina, me parece que el caso de Colombia es todavía peor. Nuestra historia fue escrita por unos señoritos perfumados que nunca arriesgaron el pellejo, o por los empresarios de la época que le sacaron provecho económico a la Independencia y, como si fuera poco, por los aristócratas descendientes de todos ellos, atrincherados en las academias.
¿No han notado ustedes, por si acaso, que a los libros escolares de la historia colombiana les hace falta pueblo? ¿Que le sobran caciques, pero le faltan indios? En los años remotos del bachillerato, agobiado por el rostro enjuto de tantos próceres patilludos, di en la flor de preguntarme que si todos los patriotas eran generales, abogados y doctores, entonces quién diablos fue el que se echó bala con los españoles en el Puente de Boyacá o el que cruzó a caballo, desnudo y hambriento, los páramos helados de Pisba.
Por eso, mientras amanece sobre las murallas desolladas de Cartagena de Indias, y el sol comienza a espejear por el otro lado del mar, me dispongo a escribir estas líneas para defender a un grande hombre de una terrible injusticia. Mejor dicho: para devolverle lo que se merece.
Se llamaba José María Carbonell y en este país nadie se acuerda de él. Ni los profesores de historia patria, ni sus alumnos, ni los libros en que ambos enseñan y aprenden. Carbonell se extravió para siempre en las costuras de esos libros. En los últimos doscientos años, desde el día en que se armó aquella famosa pelotera por un florero en Santa Fe de Bogotá, la historia de Colombia lo ha tratado con desdén y con desprecio. Lo ignoran frescamente. Y ahora, con motivo de estos jubileos del bicentenario, que se parecen tanto a las sesiones solemnes de los pueblos, nadie ha hecho el mínimo esfuerzo por rectificar esa injusticia.
Carbonell fue, ni más ni menos, el hombre que le metió pueblo a la revolución del 20 de julio. Sin él, la insurrección de ese entonces se habría quedado en la retórica de abogados ambiciosos de poder y de comerciantes prósperos, pero agobiados por los impuestos de la quina, el tabaco y el aguardiente. Nada nuevo. Las mismas razones, ni más ni menos, por las que se habían sublevado treinta años antes los bravíos comuneros de Santander.
El 20 de julio, en la plaza mayor de Santa Fe, Acevedo y Gómez se desgañitaba echando discursos, convencido de que iba a derrocar al imperio español a punta de gerundios. Mientras tanto, Carbonell saltaba como una cabra, de cerro en cerro, arengando populacho entre la chusma de la cual era el caudillo más acatado de la ciudad. Quizás el único, porque el pueblo pueda que no coma, pero tiene buen olfato.
Cuando Carbonell apareció en la esquina de la plaza, a la cabeza de su canalla harapienta, quedó asegurada la independencia nacional. Adentro, en el cabildo sin pueblo, los señores de la ciudad se repartían el botín todavía caliente: la concesión de salinas para uno, el monopolio del agua para el otro, la explotación de los estancos al tercero.
Según cuenta el mejor testigo de aquellos acontecimientos, el Cronista Caballero, gracias al populacho sarnoso que acaudillaba Carbonell se impidió que José Miguel Pey, el alcalde de la corona, se pasara mañosamente al bando patriota, para seguir mandando. Hubiera sido el principio de lo que el pueblo conoce ahora como voltiarepismo, y que los congresistas actuales, tan refinados ellos como los próceres, prefieren denominar ley de modernización de los partidos políticos.
Hoy en día nadie sabe quién era Carbonell. No hay un departamento que lleve su nombre, ni una ciudad, ni el villorrio más infame del país, ni una calle siquiera. Lo único que queda de él es una botella de aceite de oliva, con su apellido, que los supermercados traen de España, y algunos parientes desperdigados en Barranquilla.
Hasta donde tengo entendido, en algún arrabal bogotano hay una escuelita que lleva su nombre. Si así fuera, reconozco que algo es algo, como decía mi madre, y peor es nada. Aunque tampoco resisto la tentación de imaginarme a esos muchachos que estudian en un colegio que lleva el extraño título de un señor al que ni siquiera han oído mencionar. Sería cómico si no fuera trágico.
En varias ocasiones se ha propuesto la creación de una Academia de la Historia Clandestina de Colombia, para que podamos salir lanza en ristre, como Don Quijote de la Mancha, al rescate de la verdad. Ya va siendo hora. Antes de que nos agarre el próximo bicentenario.
Periódico Ciudad Viva
Edición 67, julio de 2010, pág 9
Secretaría de Cultura, Educación y Deporte de Bogotá